Diversidad cultural

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La delegación permanente de la Santa Sede en la UNESCO apoya la "feliz iniciativa de un proyecto de Convención sobre la protección de la diversidad de los contenidos culturales y las expresiones artísticas "

Mgr Francesco Follo, observateur permanent du Saint-Siège à l’UNESCO, Rome, le 28 avril 2005 – 2005/04/28

En su intervención acerca del proyecto de Convención sobre la protección de la diversidad de los contenidos culturales y las expresiones artísticas que se discutió durante la asamblea plenaria del Consejo Ejecutivo de la UNESCO, en París, el pasado día 27 de abril, Monseñor Francesco Follo, observador permanente de la Santa Sede en la UNESCO, recuerda “el apoyo total” de la delegación de la Santa Sede a la feliz iniciativa del proyecto de Convención sobre la protección de la diversidad de las expresiones culturales. Asimismo, agregó: “Tras la Declaración sobre la Diversidad Cultural, hoy en día es necesario disponer de un instrumento jurídico más específico y apremiante, como una convención, para permitir que los diferentes contenidos culturales y expresiones artísticas lleguen a ser factores de desarrollo, incluso en lo económico, para todos los pueblos, sobre todo para aquéllos que están menos favorecidos, pero también con el fin de evitar que estos bienes muy particulares que constituyen los bienes culturales sean tratados como entidades exclusivamente económicas. Para reconocer, proteger y promover la especificidad de los contenidos culturales en su pluralismo no reducible, se precisa una institución cuyo papel central sea proteger y promover la cultura: éste es precisamente el papel de la UNESCO”.

Asimismo, afirmó que “la cuestión muy debatida de la doble naturaleza, esto es, económica y cultural, de los bienes y servicios culturales, tiene el mérito de poner en evidencia que lo que circula y se reproduce en el sector económico no es sólo el dinero, sino también, y sobre todo, un sentido, unos valores, una identidad. Los principios de respeto a los bienes culturales y de apoyo recíproco, de solidaridad y cooperación son los pilares fundamentales de esta Convención, que apunta, desde el punto de vista humano, hacia el enriquecimiento de todas las culturas (…). No se puede reducir la cuestión del pluralismo de los contenidos y las expresiones culturales a un problema de gestión de bienes y de servicios, a saber, de reglamentación de los flujos de mercados.

Por otra parte, destaca que, si bien “el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura”, convendría, en la Convención, insistir con mayor fuerza y eficacia sobre el vínculo positivo que existe entre los contenidos culturales y las identidades culturales. Todas las discusiones que hubo acerca de las definiciones que están en la base de esta Convención podrían encontrar un punto de convergencia en el reconocimiento del hecho de que la cuestión de la diversidad de las expresiones culturales es esencialmente una cuestión de identidad de los sujetos, y no de objetos a delimitar y enumerar: la creatividad humana multiforme se concreta con obras y producciones, pero al mismo tiempo, las trasciende. Si lo que está en juego es fundamentalmente la identidad cultural, entonces es legítimo hablar de protección porque se trata no sólo de administrar o propiciar determinadas producciones en detrimento de otras, sino de permitir que los hombres crezcan como seres dotados de libertad; asimismo, lograremos sentirnos ciudadanos del mundo en la medida en que seamos miembros de comunidades abiertas que nos acogieron y nos proporcionaron una trama para relacionarnos y un esquema de “sentido”, un estilo y valores concretos. Cuando la Iglesia afirma y apoya los derechos fundamentales de la persona y de las comunidades de personas, afirma y apoya a la vez el derecho, para cada comunidad, de conservar y desarrollar su propia cultura, y de defenderla contra homologaciones forzosas. [05-12]