Diversidad cultural

Publicaciones y Estudios

Politiques culturelles et mondialisation

Anne-Marie Autissier, professeur à l'Institut d'études européennes de l'université de Paris 8, directrice de la publication de la revue Culture Europe, expert pour la Commission européenne, la Fondation européenne de la Culture, le Ministère français des Affaires étrangères, et l'AFAA, 25 mai 2004 - 2004/05/25

En este estudio, la Sra. Autissier presenta un breve panorama de las políticas culturales europeas y evoca las estrategias culturales nacionales de las grandes regiones y las entidades federadas en Europa. Parte de la constatación de que, cualquiera que sea la organización institucional (en Alemania, Bélgica, Francia, España y Reino Unido), todas las políticas culturales democráticas o parte de ellas han sido objeto de una legitimación de la intervención pública en constante evolución, y según los fenómenos asíncronos. En su opinión, numerosos Estados europeos han forjado sus instrumentos de política cultural en el marco nacional, basado en una ‘construcción identitaria’ o imaginaria: un territorio, un idioma, una cultura. En este contexto, si las artes vivas, las artes visuales y la educación artística son tenidas en cuenta de forma desigual por las políticas nacionales europeas, dos sectores han sido objeto de una fuerte movilización durante los últimos veinte años: la valorización del patrimonio, así como el cine y el sector audiovisual. También son los sectores con mayor apoyo a escala de la Unión Europea. Destaca que estos dos campos representan sin duda, cada uno a su manera, los mejores vectores de identidad y de proyección nacionales, en un contexto de globalización. Asimismo, son los dos sectores en los cuales se han creado empleos en Europa durante las dos últimas décadas. También representan las dos áreas en las cuales los Estados miembros de la Unión Europea logran ponerse de acuerdo sin dificultad sobre un ‘fondo común’ que permita una valorización conjunta a escala de los programas comunitarios. Por último, menciona que los apoyos nacional y europeo al cine y al sector audiovisual fueron considerados, desde fines de los años 1980, como urgentes frente al desequilibrio de los intercambios entre Estados Unidos y Francia (la porción de mercado sigue siendo del 70% para el cine estadounidense en Europa, a excepción de Francia). Lo que más llama la atención es, sin duda alguna, que el patrimonio y las industrias culturales cinematográficas y audiovisuales han diseñado modelos dominantes de enfoque y referencia.

Deplora que la cultura en Europa figure entre las excepciones, en la medida en que el proyecto económico aparece como el eje más tangible de la dinámica de la Unión Europea. A este respecto, la autora afirma que, al ser la Unión Europea el primer exportador mundial de servicios, no cabe duda que las presiones a favor del libre comercio ligadas a las discusiones, para asegurarse la apertura de los otros mercados, han llevado a veces a la Comisión Europea a tratar a sus competidores y asociados con miramientos –sobre todo a Estados Unidos. Así pues, tras varios años de ‘exclusión’, el cine y el sector audiovisual regresaron al GATT en 1986, lo cual generó disputas que condujeron a la adopción, en 1993, por los Estados miembros, de un mandato muy preciso de la Comisión Europea en las negociaciones comerciales multilaterales (artículo 133 TCE, ‘Política comercial’), destinado a dejar el cine y el sector audiovisual fuera de los compromisos de ‘liberalización’ de los países de la Unión. Es lo que algunos dan en llamar la excepción cultural. Este compromiso fue renovado durante las negociaciones ulteriores de la OMC. El futuro Tratado Constitucional cita ‘la diversidad cultural y lingüística’ entre los objetivos de la Unión Europea, y el artículo 133 ya está regido por la mayoría calificada, salvo cuando la diversidad cultural o audiovisual esté amenazada. El artículo 151 debería depender también de un voto por mayoría calificada y no por unanimidad. Esto no impide que la cultura figure entre los “sectores de acción de apoyo, de coordinación o de complemento”, al igual que la protección y la mejora de la salud humana, la educación, la capacitación profesional, la juventud y el deporte, así como la protección civil.

No obstante, en el contexto mundial actual, los Estados miembros de la Unión Europea se encuentran ante retos temibles: conjugar su herencia con dispositivos abiertos a los flujos culturales y a su circulación; llegar a ser balizas para actividades transnacionales y diaspóricas que permanecen algún tiempo o para siempre en sus territorios; asumir el carácter pluricultural de sus naciones y, a la vez, reforzar lo mejor de las políticas culturales europeas allí donde existan. Así pues, destaca que, a la inversa de lo que los Estados tienden a acreditar, su papel no está ni caduco ni es subsidiario en este campo. De allí el interés, para la Unión Europea, de establecer una estrategia de coparticipaciones, con la creación de un observatorio europeo de la cooperación cultural europea, apto para detectar situaciones disfuncionales y los mejores ejemplos, y de abrir foros en diferentes sectores, si se quiere construir, a escala europea, un marco jurídico capaz de apoyar la diversidad cultural. Según la Sra. Autissier, tanto la cooperación bilateral como la cooperación multilateral entre Estados europeos y Estados del mundo pueden generar alianzas fuertes e inéditas, a imagen de la Red Internacional de Políticas Culturales (RIPC), que reúne a una gran diversidad de países. Para ello, la Convención que se está preparando en el seno de la UNESCO debe conducir a dotar la diversidad cultural tanto de un contenido como de un referente jurídico claro.

Frente a la diversidad mundial, los Estados europeos deben desprenderse de sus hábitos diplomáticos para delegar en individuos, asociaciones y redes culturales la posibilidad de actuar en forma independiente bajo su bandera. La noción misma de diversidad cultural debe entenderse como una base para compartir cada vez más talentos, obras y conocimientos de los diversos continentes. En esta perspectiva, las fronteras políticas de Europa no coinciden y nunca han coincidido con sus fronteras artísticas y no data de ayer su capacidad para tomar prestado de todas las culturas y para influir sobre ellas. Esta Europa cultural, que ‘nunca se estuvo quieta’, debe desplegarse dentro del diálogo con el mundo, fuera y dentro de sus fronteras. En fin, los Estados europeos deben desprenderse de una diplomacia acompañada de una segunda intención de influencia, para ponerse a escuchar a los profesionales y artistas de los otros mundos. (Disponible en francés) [78]