Diversidad cultural

Entrevista con la Señora Solange Drouin



Reseña biográfica

La Señora Solange Drouin es titular de una licenciatura en Derecho y miembro del Colegio de Abogados de Quebec desde 1988. Ha ejercido el derecho en el seno del bufete Byers Casgrain, en el departamento de Derecho Comercial.

Se unió a la ADISQ (Asociación del Disco, la Industria del Espectáculo y el video de Quebec), en 1992 en calidad de asesora jurídica y, desde 1995, ostenta el cargo de directora general de la misma. Desde 1999, también desempeña la función de vicepresidenta de Asuntos Públicos.

En la actualidad, la Señora Drouin asume la copresidencia de la Coalición Canadiense para la Diversidad Cultural y es miembro del consejo de administración de la Federación Internacional de las Coaliciones para la Diversidad Cultural. Es asimismo presidenta de la Mesa del Disco y las Artes Escénicas del Observatorio de la Cultura y las Comunicaciones desde su fundación y presidenta del Comité de Concertación de dicho organismo. Sesiona también en el consejo de administración del organismo de financiación Musicaction, en el cual asume la función de tesorera.

Paralelamente a ello, la Señora Drouin ocupó, desde 1995 y hasta junio de 2001, el puesto de directora general de la Sociedad de Gestión Colectiva de Derechos de los Productores de Fonogramas y Videogramas de Quebec.

Por otra parte, la Señora Drouin fue miembro del consejo de administración del Consejo Quebequense de Recursos Humanos en Cultura. Asimismo, formó parte del consejo de administración de la Sociedad Canadiense de Gestión de Derechos Afines y del de la Sociedad Canadiense de Percepción de la Copia Privada, de la que fue vicepresidenta.

Pregunta – ¿Qué balance hace usted de su experiencia como copresidenta de la Coalición para la Diversidad Cultural desde 2006?

Respuesta – Empecé a trabajar en el área cultural hace ya cerca de 25 años. No tardé en descubrir toda la riqueza de dicho sector y el papel crucial que desempeña en una sociedad. 

También se da uno rápidamente cuenta de que, en dicho sector, aunque el ingenio de un creador y un artista sea evidente y el dinamismo de un empresario no tenga fallas, no será suficiente para que todos estos talentos se desarrollen y permitan brindar al público, al final, un libro, una canción o una película que le hable, lo emocione o lo haga reír. Es preciso que evolucionen en un contexto social, económico y político favorable, tanto a escala nacional como internacional.  

Al laborar en el seno de la Coalición para la Diversidad Cultural, a fin de que los Estados conserven en todo momento el poder de establecer sus propias políticas culturales –principio inserto en la Convención de la UNESCO–, tengo verdaderamente el sentimiento de haber librado una batalla que da sentido a todas las demás que nos toca librar a diario en nuestras organizaciones culturales sectoriales. 

En resumen, existe en mi trayectoria profesional, una gran cohesión entre lo que hemos realizado en la ADISQ y lo que se ha hecho en la Coalición para la Diversidad Cultural.

Pregunta – ¿Cuál es su opinión acerca de la implicación de la sociedad civil en lo que atañe a la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, hoy día, si la compara con lo que era en la época de su adopción, en 2005?

Respuesta – Tras haber desplegado importantes esfuerzos para que naciera la Convención, la sociedad civil ha participado activamente, desde 2005, en la campaña de ratificación de la misma. Hoy en día, aunque la ha ratificado un número importante de países, esta labor debe proseguir, a fin de que adquiera un peso político comparable con las demás convenciones internacionales en todas las regiones del mundo. 

Durante los últimos diez años, la sociedad civil ha contribuido también de forma importante a las discusiones sobre la implantación de orientaciones prácticas en algunas disposiciones clave de la Convención. Asimismo, ha dado pruebas de una vigilancia sin descanso para que no vinieran unas negociaciones de comercio bilaterales o multilaterales a vaciar dicha Convención de su sentido.

Estas tres tareas no deben por nada del mundo abandonarse. 

En cambio, para que la Convención dé vida concreta a la diversidad cultural para los países firmantes y para que se mantenga la adhesión a los objetivos de este importante instrumento, deben agregarse otras labores a aquellas que asume con convicción la sociedad civil. En efecto, son las organizaciones in situ y representativas del ámbito cultural que están en mejores condiciones de contribuir positivamente a la reflexión y la acción de los Estados en la implantación de políticas culturales que permitan que su cultura se desarrolle e interactúe libremente.

La sociedad civil demostró, en el pasado, que podía movilizarse rápidamente y ganar unos esprints decisivos. Hoy en día, ha de demostrar que también puede ganar maratones que requieran aún grandes dosis de esfuerzo,  resistencia y, si fuera necesario, empeño.

Pregunta – ¿Puede usted hablarnos brevemente de los cambios más importantes que se han producido en el ámbito cultural durante los últimos años, con la llegada al mundo de lo digital?  En la actualidad, ¿cuáles son los mayores retos que se han de enfrentar con relación a dicho tema?

Respuesta  El desarrollo de las tecnologías ha trastocado particularmente los modos de acceso a los contenidos culturales, tanto los de aquí como los de otras partes. El medio de la música fue y es, desde hace muchos años, el más afectado por este importante cambio. Otros sectores culturales empiezan a sentir los efectos de esta modificación en la práctica. Y si no se le pone remedio, estos sectores podrían tener que hacer frente a los mismos retos que los que se plantean hoy día en el ámbito de la música.

En el caso de mercados como el nuestro (al igual que otros muchos), estos importantes retos afectan directamente nuestra capacidad para mantener el desarrollo sostenible de nuestro contenido cultural nacional en toda su diversidad. Los ingresos que se derivan de las nuevas prácticas no son suficientes para generar nuevas inversiones en  nuevos contenidos. La visibilidad de nuestro contenido en estas nuevas plataformas es inadecuada. Unas empresas, tanto nacionales como extranjeras, cobran sumas portentosas gracias a estas nuevas prácticas, sin ningún retorno para la cadena de valor de los contenidos culturales. Al final, es la oferta diversificada de contenidos culturales la que ocupa el centro del reto que plantea el desarrollo de las tecnologías.

No obstante, es posible considerar soluciones que pudieran ser implementadas por los poderes para lograr un cambio radical. Con una voluntad política clara sobre el objetivo que se haya de alcanzar, podríamos incitar fuertemente y, si fuera necesario, obligar a las empresas a utilizar sus medios tecnológicos al servicio del logro de dichos objetivos.

Por ejemplo, tomemos el servicio de música Spotify. Se trata de un servicio en el cual se nos propone, entre otras cosas y mediante el juego de un algoritmo del cual Spotify es propietario, en escucha continua (streaming), listas de difusión a partir de nuestras prácticas de escucha. Para nosotros, el interés sería, por ejemplo, que cierto número de obras reconocidas como nacionales se encontrasen en las listas de difusión de la versión canadiense del servicio Spotify. Técnicamente, esto significaría, pues, que se modificase el algoritmo de Spotify, a fin de poder proponer con cierta frecuencia obras de aquí. Todo el mundo les confirmará que, técnicamente, es perfectamente posible hacerlo. 

Esta solución no es más que una entre otras tantas que deberían ser consideradas y discutidas rápidamente si tenemos verdadero interés en preservar la riqueza de nuestra cultura, para que la podamos seguir ofreciendo y compartir.

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